Cuando el corazón se encoge
Creo que hace más de un año que no escribo nada. No fue por ausencia de temas, qué va. Pero faltó la ocasión. Hoy, sin embargo, es una de las pocas vías de escape que me quedan para la enorme congoja que me agobia y que me obliga a preguntarme ¿Por qué hay gente buena en la que se ceba el destino más aciago y cruel?
Una gran amiga acaba de perder a su hijo. No creo que haya nada más terrible. No puedo ponerme en su lugar. Realmente no quiero ponerme en su lugar, porque sólo pensarlo hace que un escalofrío me recorra la espalda. El miedo más atroz me atenaza y hace que relámpagos de pánico incoherente ante la simple imaginación de una situación así crucen mi cabeza y me encojan el corazón.
Situaciones tan atroces e injustas, hacen que nos planteemos muchas cosas. Nadie se merece un sufrimiento tan insoportable. En este caso ha sido la fatal consecuencia de un accidente de tráfico, pero en otros es la guerra, la enfermedad, la miseria, la consecuencia dramática de que en realidad no somos nada y de que realmente, en el devenir del mundo, no importamos nada.
Muchas veces se me ocurre compararnos con las hormigas. Ellas nos parecen un poco simples, aunque muy organizadas, eso sí. Hacen sus hormigueros, trabajan la de dios, ahorran sus víveres para el invierno, se preocupan de mantener su especie… Igual digo una tontería, pero entre el oscuro reguero que producen las hacendosas hormigas deslomándose y nuestros atascos de tráfico para, al fin y al cabo, hacer todos los días lo mismo y con el mismo objetivo que ellas, no hay tanta diferencia.
¿Para qué hacemos lo que hacemos y adónde pretendemos llegar, si en el fondo no vamos a ir a ningún sitio y el final es el mismo, antes o después, para todos? Lo hacemos, por ejemplo, por nuestros hijos. Vale. Pero ¿Qué pasa con quien no los tiene o, lo que es aún más terrible, qué pasa con quien los pierde? Y lo más demoledor de todo ¿Importa realmente algo todo esto, lo que hagamos y para quién lo hagamos?
Pido perdón por reiniciar mi blog con reflexiones tan pesimistas y seguramente tan simples como las hormigas que me han servido de ejemplo para nuestras, en mi opinión, igualmente simples existencias, pero estoy realmente jodido. Muy jodido para ser exactos.
Y aparte del dolor que siento por mi amiga, hasta ahora nadie me ha demostrado que el mundo sea justo, o que, dicho de otro modo, haya justicia, ya sea humana o divina. Al menos lo de mi amiga, no es justo. Es realmente cruel y si supieseis su historia reciente, diría que hasta sádico. Me considero agnóstico, a sabiendas de que muchos pensarán que es la postura más cómoda y menos valiente, pero prefiero no identificar a ningún ser superior porque si lo hay, hay que ser realmente cabrón para permitir tanto sufrimiento.
Y aún pensando así y pese a mi agnosticismo, sigo pidiendo a ese posible ser que me evite enfrentarme a situaciones tan extremas como las de mi amiga. Tal es el pánico atroz que me atenaza sólo de pensarlo. Su dolor, que comparto, aunque sin que haya comparación posible, ayer no me dejó dormir y seguramente hoy tampoco logre conciliar un sueño tranquilo. Sobre todo, porque mañana la acompañaré en su último adiós a su hijo y temo realmente ese momento.
No sé cuándo volveré a esta mi modesta y particular ventana al resto del mundo. Ni siquiera sé si alguien llegará a leer estas líneas llenas de pena y de temor. Es igual. Hoy me han servido como válvula de escape para la presión que parece amenazar con romperme el alma. Mañana, cuando acompañe a mi amiga, será duro, muy duro. Pasado, intentaremos sobrellevarlo. Más allá, quién sabe.