miércoles, 18 de noviembre de 2015

¡Qué envidia!


Todavía me embarga la pena por las víctimas de los recientes atentados de París, pero también lamento las de Líbano, las del avión ruso si finalmente se confirma que fue un atentado, las de tantas otras barbaries perpetradas en nombre de no se qué dios se llame Alá o se llame como se llame.

Pero no puedo pasar por alto algo que realmente me llenó de emoción: El comportamiento ejemplar de nuestros vecinos franceses. Siempre he mantenido que ni la Revolución Francesa ni mayo del 68 sucedieron allí por casualidad. Son duros los franceses. Tengo muchos y buenos amigos de allí y sentí su dolor como si los atentados hubiesen sucedido aquí. Líbano y Rusia me pillan más lejos, lo reconozco, pero también me duelen. Gente que sufre, que muere…, por nada.

Aún se me ponen los vellos como escarpias cuando recuerdo las imágenes del Estadio de Francia, al lado del cual he pasado muchas veces yendo y viniendo de Le Bourget, con la gente desalojándolo ordenadamente y cantando a voz en grito La Marsellesa. Con dos cojones y disculpadme el exabrupto. Pero es que es así. La Marsellesa, un himno que siempre me pareció bello, es un canto de guerra que en su versión en español fue muy popular durante la Guerra Civil española. Los franceses han dado muestras de saber a qué se enfrentan y no me cabe duda de que lo harán.

Los tienen bien puestos nuestros vecinos. París, ciudad que he tenido la oportunidad de visitar en varias ocasiones de vacaciones y por trabajo y en la que algún día podría encontrárseme al igual que en  Lisboa y Londres, ha dado una lección de gallardía, de comportamiento ejemplar, como en su día lo dio Madrid tras los no menos terribles atentados del 11M. Por cierto. muy parecidos. Es en situaciones límite cuando los pueblos demuestran la pasta de la que están hechos.

Y lo que también me sobrecogió sobremanera fue ver a la Asamblea Nacional de Francia cantando igualmente La Marsellesa. Todos unidos como una piña frente al terror. Sin fisuras. Casi se me saltan las lágrimas y no es fácil, os lo aseguro ¡Qué envidia, joder! Aquí tenemos que soportar día a día la ya más que cansina cantinela separatista. Los franceses, parte de cuya población también podría declararse vasca o catalana, interpretando libremente y a su aire la historia como hacen los soberanistas catalanes, han dado ejemplo de unidad. Lo dicho ¡Qué envidia!

No quiero terminar sin citar otro emocionante momento: 80.000 personas, ingleses y franceses, cantando también La Marsellesa a todo pulmón en Wembley en el partido Francia-Inglaterra. Los periódicos ingleses publicaron antes la letra en sus páginas, las pantallas del estadio la proyectaron para que la gente pudiera seguirla… En fin, toda una lección de solidaridad, de resistencia frente al terror y nuevamente, de unidad, en este caso entre europeos que más de una vez se las han tenido tiesas a lo largo de la historia.

El terrorismo indiscriminado es puro terror. Bien lo sabe la gente de cierta edad, aunque no tanta, que vivió en España los años del plomo de ETA, Grapo, GAL.. Unos años que realmente se prolongaron hasta 2006, ayer como quien dice, con el atentado de ETA en la T4 del aeropuerto de Madrid Barajas en el que por pura casualidad murieron dos personas cuando podrían haber caído muchas más. A quienes pusieron la bomba les importaba tres pepinos. Es más, buscaban hacer daño. Buscaban sangre inocente. Como los yihadistas.

Como bien dice Hollande, esto es una guerra. No convencional, pero una guerra al fin y al cabo. Y ello mal que les pese a ciertos partidos mal llamados de izquierdas que parecen no querer reconocer la evidencia.  Ser de izquierdas significa defender al más débil, defender las libertades, defender la diversidad y la igualdad, luchar contra dictaduras y totalitarismos. Buscar, en definitiva, un mundo mejor y más libre para todos. Y si para conseguirlo hay que cantar, todos a una, los ciudadanos del mundo libre, un himno de guerra como La Marsellesa, que así sea.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

No se puede abandonar a los valientes


Lo reconozco. Hoy he empezado a ver el programa de Bertín Osborne "En tu casa o en la mía", entrevistando a Arturo Fernández, un octogenario asturiano y guasón que nos ha hecho pasar muy buenos ratos. Unos minutos antes, cuando el programa recordaba una entrevista anterior al hijo de Adolfo Suárez, la cosa estaba mucho más seria. Unas imágenes del 23 de febrero de 1981 nos trasladaban a un momento imposible de olvidar para quienes vivimos los acontecimientos en vivo y en directo.  Compaginaba entonces mi trabajo con mis estudios de periodismo y recuerdo mi llegada a la Facultad por la tarde y el enorme revuelo que me encontré. Todo el mundo iba de un lado para otro, se agolpaba en los coches, había nerviosismo, tensión.

Paré al primero que encontré y al preguntarle qué pasaba me miró de hito en hito, como si acabase de llegar de otro planeta y me espetó: "Han entrado a tiros en el Congreso". Le respondí con un incrédulo ¡venga ya! que se quedó en el aire porque el otro ya había salido pitando. A pesar de la confusión encontré  a un par de colegas pegados a un coche, me sumé al grupo y vi que la cosa iba en serio. Alguien preguntó qué podíamos hacer y otra voz dijo "vamos al Congreso". Dicho y hecho. Al poco de llegar hubo un momento en el que varios guardias civiles salieron del Congreso y tanto ellos como las fuerzas que rodeaban el edificio, tiraron del cerrojo de sus armas. La gente empezó a correr. Había rumores de todo tipo y grupos de extrema derecha patrullaban los alrededores.

Son instantes que no se olvidan. Guardo en mi memoria la imagen de dignidad y valentía de Adolfo Suárez y de Gutiérrez Mellado. Ninguno de los dos intentó hurtar el cuerpo a los disparos. Y tampoco olvido la bronca de mi mujer hoy, novia entonces, junto a la del resto de la familia, cuando se enteraron de dónde venía. No había móviles, claro. En ese momento nadie sabía qué iba a pasar. La confusión era enorme, la memoria de ciertas cosas muy reciente y los carros de combate paseándose por Valencia no contribuían precisamente a tranquilizar al personal. El miedo se olía, el de cada uno y el de los demás. España estaba sufriendo un golpe de Estado y en el tablero se jugaba una incipiente democracia que pese a su juventud ya había logrado que los aires de libertad cruzaran el país de punta a punta.

Hoy vivimos otro intento de golpe de Estado. Sin tiros, eso sí, al menos de momento. No, no soy alarmista, pero las bravuconadas ponen a veces en marcha espirales que se sabe cómo empiezan pero no cómo terminan. Y la declaración de desobediencia hecha por los representantes de menos del 50 por ciento de los catalanes, no olvidemos ese dato, es un ataque directo a la línea de flotación de nuestra democracia. Un ataque de una gravedad inaudita y desconocida desde el 23 de febrero de 1981.

La respuesta del Gobierno ha sido la esperada. Legal, medida y necesaria. El Tribunal Constitucional suspendió esta tarde la declaración independentista. Y la respuesta de la Generalitat no se hizo esperar desafiando al Constitucional al declarar que mantiene el plan independentista. Bueno, pues nada, vamos a hacer todos lo mismo. Vamos a pasar de las leyes, que cada cual haga de su capa un sayo y al final sálvese el que pueda.

Hay que ser corto de miras y carecer totalmente de sentido de Estado, para continuar una huida hacia ninguna parte que de proseguir no traerá nada bueno. Si un Gobierno, como es la Generalitat, lanza el mensaje de que las leyes están para ser incumplidas, que alguien me diga a mí qué garantías les quedan a quienes no son de la cuerda independentista, para vivir en paz en un territorio en el que quieran o no serán como bichos raros, diferentes, casi proscritos. La barra libre en materia legal sólo beneficia a los corruptos, a los malvados, a los totalitarios, porque la gente normal queda indefensa.

Y ahí el Gobierno de España está en lo cierto al decir que no puede permitirlo. No se puede dejar en la estacada a más de la mitad de la población de una región como Cataluña, que hasta ayer como quien dice gozaba de una imagen moderna y europea envidiable. Sería una cobardía. Si los independentistas se salen con la suya perderemos todos, pero sobre todo Cataluña y dentro de ella, los que más perderán serán ese más del 50 por ciento de sus habitantes que mostraron claramente su desacuerdo con la ruptura con España en las urnas. No se les puede dejar solos y mucho menos indefensos. Porque son unos valientes.


domingo, 8 de noviembre de 2015

Ignorancia peligrosa


Mañana es un día crucial para la democracia de este país. Más que nada, porque en Cataluña se va a producir una votación para pasarse la Carta Magna por el forro de los mismísimos. Hay que tener cara dura  para votar hacer caso omiso de las leyes "españolas" y de las sentencias del Tribunal Constitucional. Es decir, es como si en la comunidad de vecinos dijésemos "vamos a pasar de las leyes del Estado, hagamos lo que nos salga de ahí mismo, pasemos de la Justicia y sus tribunales y para chulos nosotros, que para eso hacemos lo que nos da la gana". Todo un ejemplo.

Si todos hiciésemos lo mismo, porque no sé muy bien por qué algunos catalanes -no todos, es cierto, pero no dejan de ser "casi" el 50%- se sienten por encima de gallegos, valencianos, extremeños y demás, esto acabaría como el ejército de Pancho Villa. Y por si alguien no se ha percatado, esas cosas suelen acabar mal. muy mal.

De hecho, Manuel Vincent menciona en su columna de El País de hoy la palabra "Sarajevo", recordando lo fácil que es que las cosas acaben como el rosario de la aurora por un quítame allá esas pajas. Pero eso les importa un rábano a quienes están decididos a llevarse por delante lo que sea con tal de salirse con la suya y taparse las vergüenzas. Además, de liarse la de dios es Cristo, ellos se irían de rositas, que para eso tendrán el riñón bien cubierto a base de comisiones para ir a broncearse a alguna playa bien lejana del follón. 

No nos engañemos, son políticos y como tales van a lo que van. Como decía el viejo y desvergonzado adagio castellano "prometer hasta meter y una vez que se ha metido, nada de lo prometido". Y si no, que se lo digan al Ayuntamiento de Madrid, un consistorio que aún no se cree cómo han podido ganar y se les nota que no se lo esperaban. Sólo hay que echar un vistazo a lo errático de muchas de sus decisiones, algunas de las cuales parecen de asamblea de patio de colegio.

La última y no niego que me pilla muy de cerca, es la de municipalizar el servicio de Líneamadrid. Para quienes no lo sepan, casi 500 personas llevan una década como mínimo resolviendo todos nuestros trámites ante la administración local de Madrid. No son funcionarios sino trabajadores de empresas privadas, que ahora ven peligrar sus puestos de trabajo porque Carmena y su equipo prometieron municipalizar este y otros servicios similares, pero lo que no dijeron es que su idea era hacerlo dejando a esta gente en la calle convocando plazas para más funcionarios.

Imagino que Carmena, como antigua jueza, tiene eso de la casta funcionaria metida en las venas. Para los que toda la puñetera vida hemos trabajado para la empresa privada sin tener garantizado como ellos el trabajo para la eternidad laboral, independientemente de su nivel de eficacia, nos rechina este tufo corporativista que parece temer que trabajadores con más voluntad que otra cosa les dejen en evidencia.

Alegan que los funcionarios lo pasan fatal haciendo oposiciones. Los demás no, claro, el resto de mortales sólo hemos tenido que pasar pruebas de selección que son lo más parecido a un picnic entre amigos. Mucha gente las pasa moradas antes de conseguir un puesto de trabajo que, lejos de tenerlo garantizado, ha de ganarse día a día. No como los funcionarios, que una vez que consiguen su plaza no temerán jamás por su situación laboral. Podrán machacarlos salarialmente y de hecho lo han hecho, es cierto, pero nunca perderán el sueño por el temor a quedarse en el paro.

La ausencia total de experiencia del equipo del Ayuntamiento de Madrid y su desconocimiento del servicio del que están hablando, han provocado un conflicto serio que de momento llevará a los trabajadores de Líneamadrid a un paro de 24 horas el próximo 23 de noviembre y a una huelga indefinida a partir del 30. Los funcionarios les están atacando sin piedad. Se nota que son una casta que recita el mantra corporativista de los que no temen por su pan del día a día.

Y mientras tanto, un Ayuntamiento que se definía de izquierdas parece incapaz de encontrar una solución a un conflicto que han creado ellos mismos, simplemente por hacer promesas electorales sobre temas de los que tenían un desconocimiento supino. Volviendo al refranero, se dice que "la ignorancia es atrevida". En este caso, como en el catalán, también es peligrosa. 

Salud y como siempre, brindo por vosotros.