Este tipo me cae bien
Jamás pensé que yo diría algo semejante.... de un Papa. Sí, así, con mayúsculas, para que nadie se confunda sobre lo que estoy hablando. Sobre todo los que me conocen bien. No soy de iglesia, nunca lo he sido, porque nunca he sido capaz de creer en ella como institución. Pero otra cosa son las personas y en este sentido, el nuevo papa Francisco parece estar rompiendo moldes. De hecho, muchos eran los que esperaban ver si iba en serio. Bueno, pues parece que sí, que va en serio aunque su actitud puede que a muchos les ponga los pelos como escarpias.La última sorpresa parece haberla dado, según acabo de ver, en el avión de vuelta de Río en el que ha dejado pasmados a todos los que le acompañaban al decir que quién es él para criticar a los gays si tienen buena voluntad. Casi nada, sobre todo si comparamos esas declaraciones con las que la Iglesia nos tiene acostumbrados.
Y antes de eso, aparte de ser un señor capaz de convocar a tres millones de personas en Copacabana, se ha paseado por las favelas de Río, ha entrado en las casas de los más pobres, animado a los jóvenes a ser críticos y por si eso fuera poco, ha pedido estados laicos en los que las distintas religiones puedan tener su espacio.
Este papa Francisco está tomando posición rápidamente y enviando mensajes claros de los que quienes se dicen seguidores de la Iglesia y de su primer ministro, deberían tomar buena nota. Porque tiene razón. Porque nadie puede criticar a nadie por lo que piense, por lo que haga con su sexo, o por el dios en quien crea, si lo que hace lo hace de buena fe y sin hacer daño ni imponer su voluntad a los demás.
Personalmente siempre he defendido la diversidad como la mejor de las armas contra la intolerancia. Muchos fanáticos que han enarbolado a lo largo de los siglos las muy ensangrentadas banderas de la religión, fuese cual fuese, la raza o las ideologías entendidas desde un planteamiento radical, hubiesen carecido de argumentos si mensajes como los que está enviando este buen hombre se hubiesen lanzado antes, mucho antes, en todo el globo.
Mal que me pese y así lo confieso, he de admitir que se están produciendo algunos cambios que no dejan de ser esperanzadores. En una situación de crisis como la que vivimos en España, en la que personas como cualquiera de nosotros se ven de golpe y porrazo arrojadas prácticamente a la indigencia, en la que los recortes presupuestarios se llevan por delante derechos y prestaciones sociales que tardaron mucho tiempo en conseguirse, en la que el estado del bienestar cada vez se parece mas al estado del "virgencita, virgencita, que me quede como estoy", hay islotes de solidaridad a través de organizaciones de diverso signo, muchas afines a la Iglesia, que están asumiendo de forma altruista y con mucho esfuerzo la labor que el Estado, esta vez con mayúscula, debería asumir que para eso lo mantenemos entre todos.
Por eso digo que hay esperanza, porque sigue habiendo gente que aún cree que es posible ayudar a los demás y contribuir así a salir de este atolladero en el que nos metieron quienes no son capaces de sacarnos de él, aunque probablemente todos hemos contribuido también en cierta medida a este desastre.
Y también es esperanzador que el máximo representante de una institución que tradicionalmente no se ha caracterizado precisamente por ponerse de parte del débil, exceptuando esos islotes de solidaridad y los miles de miembros de la Iglesia que se juegan el tipo por esos mundos de dios en múltiples misiones de ayuda en lugares remotos, se alce como voz crítica poniendo el dedo en la llaga de cuestiones sociales de la máxima relevancia en las que, hasta ahora, la voz del Vaticano había sido más crítica que solidaria y conciliadora.
Bienvenido sea por tanto este aire fresco que parece llegar desde las ventanas de la Santa Sede, aparentemente más abiertas ahora que nunca. Y bienvenido sea este tipo, Francisco, un papa que parece romper moldes y que como decía al principio, me cae bien.
Brindo por él, porque sus mensajes calen y lleguen a materializarse al menos en parte y cómo no, brindo por quienes tengan a bien leer estas humildes reflexiones. Como siempre, con mi copa de vino, a vuestra salud.

