jueves, 16 de octubre de 2014

¿Dónde está mi cartera?

Lo único bueno que tiene el escándalo de las tarjetas negras de Bankia es que, al menos por unos días, no sólo se está hablando de Cataluña y de los equilibrios circenses, por no decir carnavalescos y ridículos, de un Mas que va a menos. Y es que, ya se sabe, en un país de ciegos, el tuerto es el rey.

Pero que nadie se engañe, lo de Bankia durará eso, unos días, quizá unas semanas. Pero no más. Si alguien quiere apostar algo sobre cuántos se irán esta vez de rositas, allá películas. Servidor piensa que, para variar, nadie les tocará un pelo. Y a Pujol y familia, tampoco. Y si no, al tiempo. De momento y volviendo a Bankia desde Cataluña, ayer decía el periódico que Hacienda sólo podrá investigar el 17% de los gastos de las tarjetas. No está mal. Que les quiten lo bailado con el 83% restante.

Aquí no pagan justos por pecadores. Aquí solo pagan los decentes, los sujetos a nómina, los que tienen conciencia, los que se presentan voluntarios para cuidar a otros y luego les culpan de no cumplir unos protocolos para los que nadie les entrenó, los pensionistas, los parados, en definitiva, los gilipollas de siempre. Pero los sinvergüenzas, ni uno.

Hay que tener más morro que un oso hormiguero para decir ahora que pensaban que todo era legal. Vamos, que lo más normal del mundo es que una empresa, sea banco o charcutería de postín, distribuya entre sus principales prebostes unas tarjetas con las que, enumeremos, comprar a mansalva en el Corte Inglés, pegarse unos viajes que ni Marco Polo, derrochar en clubes (a eso antes se le llamaba ir de putas, pero hay que cuidar la semántica), beberse lo que no está escrito, enjoyarse hasta la coronilla y, lo mejor de todo, pillar pasta negra en los cajeros. O sea, cobrar un dineral añadido al que ya se llevaban y sin declarar a Hacienda.

Eso sí, entre los hasta ayer ejemplares y poderosos ciudadanos y hoy simplemente chorizos, porque poderosos muchos lo siguen y lo seguirán siendo pase lo que pase, los hay que se han apresurado a devolver el dinero. Y se habrán quedado tan anchos. Es como si a cualquiera le da por birlarle la cartera al prójimo y, si no se entera, que le zurzan. Y si se da cuenta, se la devuelve y tan amigos. El ejercicio es tan simple que ni tribunales hacen falta, oye.

Y lo de menos es el dinero que se han fundido y que nos han robado a todos. Lo más sangrante es que lo han hecho con premeditación, alevosía y descaro insolente, a sabiendas de que el resto de los españolitos, perra a perra, tendrían que poner como cuarenta mil millones de euros del ala para rescatar los bancos que tanto empeño han puesto en hundir. De hecho, los gastos oscuros y millonarios se llevaron a cabo cuando Bankia ya estaba en quiebra. Me gustaría saber cómo calificar semejante conducta, pero no se me ocurren palabras.

Pero insisto, no les pasará nada.  Hacienda dice que probablemente sólo pueden ir a por ellos por lo que se han pulido en tres o cuatro  años, porque el resto ha prescrito. Ellos, los que nos han robado la cartera a todos, dicen ahora que no sabían que no era legal, que si la abuela fuma, que si la abuela bebe, que si se va de cachondeo. En otras palabras, lo de siempre. Luego vendrán más cortinas de humo al estilo de los clamores independentistas catalanes para tapar toda la mierda y aquí paz y después gloria.

Hay indignación popular, pero sólo eso. Y debería de haber más, mucho más. Como creo dije ya hace tiempo, por mucho menos, por el aumento del precio del pan, se liaba parda en la Edad Media. Hoy nos sodomizan mientras nos echan el aliento en la nuca y seguimos tan frescos. Y lo que más me cabrea es que quienes deberían estar temblando de temor ante el peso de la justicia, se estarán descojonando de la misma y de todos nosotros, los pringados, los de siempre, los paganos.

Quizá me equivoque. Lo haría con gusto y hasta pagaría unas cervezas a quienes me sigan si meto la pata. Me saldrá barato, porque no creo me sigan muchos. Pero mucho me temo que no, que podré ahorrarme esas birras para que ese dinerito se lo sigan repartiendo a escondidas individuos como los que ahora hemos conocido ¿O acaso alguien piensa que no hay más?

Salud.


viernes, 10 de octubre de 2014

Cosas de gatos


Ayer le contaba a un colega y amigo que a los de Madrid nos llaman gatos. Me preguntó el por qué y no supe decirle. Tras informarme, resulta que la cosa viene nada más y nada menos que del 1083, cuando Alfonso VI de Castilla puso sitio a Madrid para tomarlo antes de marchar contra Toledo y parece ser que lo logró gracias a que un muchacho, apodado "gato", escaló unas murallas hasta entonces inexpugnables, lanzando una cuerda por la que treparon los soldados cristianos para lanzar un ataque sorpresa sobe los musulmanes.

Cosas de la vida, hoy, durante la sobremesa de una comida con buenos amigos, una llamada de teléfono que me hizo salir del restaurante me puso enfrente de poco más de trescientos gramos de carne -poca-, huesos y pelo. Más solo que la una en un aparcamiento, como esperando el golpe de gracia, muerto de hambre, había un gato. Y uno, que es blandito para estas cosas, no pudo dejarlo allí.

La peripecia siguiente es fácil de imaginar, Visita a los amigos veterinarios de mis dos perras, limpieza, algunas curas, desparasitación y comida, sobre todo comida, porque el pobre gato estaba que no podía más. Vamos, que entró al plato con patas y todo. Pobre bicho. Qué fina es la línea entre la tragedia y la suerte más loca.

Porque el tio ha tenido suerte y mucha. Ahora mismo está dando algo de guerra. Normal, echa de menos a su madre, que dudo siga viva pues el animalito llevaba al menos dos días solo y hambriento. Pero ya tiene quien le acoja y hasta una madre gata adoptiva. Casi nada. Del infierno al cielo en menos de 24 horas,

Sé que no puedo quedármelo y que le tendré poco tiempo. Un día o dos a lo sumo. Pero sé también que le echaré de menos, pese al cariño casi empalagoso de mis dos perras, que constantemente reclaman mi atención. Porque algo tan desvalido es tremendamente entrañable y porque prodigarle los primeros cuidados, tranquilizarle, conseguir que del pánico pasase al ronroneo de satisfacción, me ha permitido olvidarme de muchas cosas, aislarme del mundo.

Será que entre gatos nos entendemos. Él lo será por partida doble: por gato y porque vivirá en Madrid donde espero disfrute tranquilamente sus siete vidas. Ya casi le echo de menos, si bien me queda el consuelo de que podré verle cuando quiera aunque, como pasa con todos los cachorros incluyendo los humanos, crecerá y ya no será lo mismo. Espero que me recuerde. Seguro que sí, porque la fidelidad animal no conoce limites. Para mí, estas horas con él, han sido el mejor regalo con el que podía empezar este fin de semana.

Con mi copa de vino, salud…, para el gato y también para todos nosotros.
Cosa de gatos

Entre gatos anda el juego

Hoy o ayer, ya no recuerdo, le descubrí a un amigo y compañero que a los que somos de madrid nos llaman "gatos"



miércoles, 8 de octubre de 2014

Una vida de perros


Más bien de perro, la de uno sólo, la del pobre Excalibur que tan a su pesar fue famoso por 48 horas, las últimas de su vida. Como no podía ser menos en un país en el que, hace más de 30 años, un ministro calificó de "bichito que si se cae se mata" el origen de la mayor intoxicación alimentaria sufrida por España, que dejó más de mil muertos y decenas de miles de afectados, había que encontrar a alguien que empezase a pagar por lo que está pasando y qué mejor que el perro.

Y por si hablaba, el perro, claro, de lo mal que lo han hecho algunos, había que cargárselo, no fuese a quejarse de una ministra que, emulando a su colega de la época de la colza , ha demostrado ser incapaz de enfrentarse a una crisis como esta y en vez de tranquilizar al personal ha conseguido que empiece a ciscarse de miedo.

Y puestos a subcontratar la responsabilidad de lo que está ocurriendo, cómo no apuntar con el dedo a la  enfermera diagnosticada de ébola. El consejero de Sanidad de Madrid va y suelta que "puede que la enfermera mintiese". Es como si San Pedro hubiese capado al gallo para que no cantase y poder negar a Jesús tranquilamente. Y el consejero se ha quedado tan ancho después de sembrar la duda, de forma premeditada, sobre una profesional que bastante tiene con lo que tiene.

¿A qué estamos jugando y cómo se puede ser tan ruin? Pongámonos en la piel de la enfermera y repasemos la situación. Por lo que he podido leer hasta ahora, cuando menos hay dudas más que razonables de que todo estuviese bajo control, con personal adecuadamente formado e instalaciones debidamente preparadas. Y ahora seamos la enfermera, que se presenta voluntaria para cuidar del misionero, que por muy templada que sea ha de sentir, si no temor, extrema precaución, añadamos la complejidad de usar un traje que exige 25 minutos para quitárselo y sumemos a todo ello la propia peligrosidad del virus. Si alguien piensa que es imposible que pase algo en algún momento, o es muy ingenuo o no quiere aceptar la realidad.

La ineptitud de quienes deberían gestionar esta crisis, que lo es y grave, se demuestra con la acusación sobre la enfermera y el sacrificio del pobre animal, que incluso si hubiese podido infectarse habría sido probablemente más útil vivo, aunque fuese para seguir aprendiendo más del maldito bicho, que muerto. Ante un enemigo y más si es tan peligroso como este virus, cuanto más se pueda aprender sobre él, mejor. Pero eso se llama estrategia y por desgracia, me temo que algunos de los que han de protegernos desconocen la existencia o el significado de esta palabra. O les importa un pito, que es aún peor.

Cuando hace más de un año inicié este irregular blog, pues me ocupo de él por temporadas, lo hice brindando normalmente al terminar cada reflexión con la copa de vino de la que suelo acompañarme para escribir. Hoy retomo esa costumbre, pero en este caso brindaré por las personas que como los misioneros, la enfermera y muchos otros como ellos, ponen en riesgo su seguridad personal por cuidar de otros. Hay que tener valor y abnegación. Y brindo también por el pobre Excalibur, víctima de la incompetencia y la precipitación y le pido que me perdone por pedir que sus amos tarden en reunirse con él, aunque sé que, allá donde esté, les echará de menos.

Y a los demás, con mi copa, salud.





Una vida de perros

Más bien de perro, de uno sólo, del pobre Excalibur que muy a su pesar fue famoso durante 48 horas. Las últimas de su vida. No podía terminar de otra manera en un país en el que primero se tira la piedra y luego ni se esconde la mano, peque nunca pasa nada. La ministra Mato me ha recordado con su actuación la de otro ministro, hace ya muchos años, que definió de "bichito que si se caía se mataba" el origen del que probablemente ha sido el mayor envenenamiento masivo acontecido en la historia de Europa en tiempo de paz. Me refiero a la tragedia vivida por España a causa del aceite de colza desnaturalizado. Fue para verlo y puedo jurar que lo vi muy de cerca.

probablemente, fuerla amenaza de la gripe aviar se llevó en su día por delante unas cuantas mascotas aladas y la alarma suscitada cuando la gente empezó a oír hablar de la Leishmania estuvo a punto de desencadenar en su momento una matanza de inofensivos chuchos,

martes, 7 de octubre de 2014

El demonio, el cubo y la brocha

Un inglés, un francés, un alemán y un español, charlan sobre sus respectivos infiernos. El inglés dice, "en el nuestro, un demonio saca una brocha de un cubo lleno de mierda y te pega un brochazo en plena cara". El francés replica "eso no es nada, en el nuestro te pega dos brochazos". "Pues en el nuestro son tres", se queja el alemán. Mientras, el español, imperturbable, como si no fuera con él la cosa. Al fin le preguntan ¿y en el vuestro, no hay brochazos? "Si, claro, cuatro" responde el español tan tranquilo ¿Y lo dices así, como si nada, siendo el peor de los infiernos? "Qué va, si es el mejor -dice el español-, porque un día no va el demonio, otro falta la brocha, otro no han llenado el cubo de mierda…".

Pues eso es lo que está pasando desde el principio con la gestión de la crisis del ébola. Personalmente creo que la decisión de repatriar a los jesuitas enfermos, como han hecho otros países con sus propios infectados, fue una decisión muy arriesgada. No hablamos de la gripe, sino de un bicho que se carga a más de la mitad de la gente a la que infecta. Y la posibilidad de que ese microscópico monstruo asesino quede libre en grandes ciudades no ha de llevar al pánico, pero es para tomarse el asunto muy, pero que muy en serio.

El virus se transmite con bastante facilidad, puesto que hablamos de fluidos corporales. Vamos, que si una persona infectada, con síntomas, transmisora por tanto de la enfermedad, toca un objeto con las manos sudadas que luego toca otra persona, o le da simplemente la mano, se puede liar parda. Y así sucesivamente y a multiplicar por los posibles contactos que pueda tener la persona infectada hasta que sea controlada. En el caso de EEUU, se habla de unas cien personas. En el de España, de medio centenar. Y a multiplicar nuevamente.

Era cuestión de tiempo que el virus llegase al mundo rico. No se le pueden poner puertas al campo y menos en un planeta en el que la capacidad de movimiento de buena parte de sus habitantes es casi ilimitada. De ahí que los responsables políticos igual debieran pensárselo dos veces antes de tomar según qué decisiones, atendiendo a criterios estrictamente científicos y no a impulsos electoralistas.

Cualquiera que haya tenido la responsabilidad de manejar miles, no digamos ya millones, de personas, sabe que lo más importante es su seguridad. Y en este caso, se ha jugado con la de todos los españoles. No ya por repatriar a los jesuitas (cuya labor y la de muchos como ellos admiro a pesar de mi agnosticismo y lejanía de la Iglesia, pues hay que tenerlos bien puestos para hacer lo que ellos hacen), aunque fuese una decisión como poco discutible, sino porque me da la impresión de que en algún momento no se ha controlado debidamente en el infierno la presencia del demonio, la disponibilidad del cubo, o la de la brocha.

Al final, como suele pasar por estos lares y suponiendo que a nadie le cueste un serio disgusto este brote epidémico, quien la va a pagar seguro va a ser el pobre perro de la enfermera infectada, al que han decidido sacrificar para que no sea una vía de transmisión del virus. Jamás había oído que los perros pudieran contagiar a los humanos, pero yo soy un ignorante del tema, claro está. Pobre chucho. Seguro que hasta su último aliento estará preocupado por sus amos, ingresados en el hospital. Igualito que los políticos, que estarán acojonados, sí, pero por las posibles consecuencias para ellos de esta crisis. Aunque aquí… ¿Dije consecuencias? Desde luego, soy un ignorante y además un incauto.

Pues lo siento, queridos "amigos" de la política que nos dirigís aunque no queramos, porque el demonio anda suelto, armado con algo más que una brocha y nadie está a salvo de llevarse su ración de mierda. Vosotros, tampoco.