viernes, 9 de enero de 2015

¿Arde París?
Seguro que muchos recordaréis la famosa novela de Dominique Lapierre y Larry Collins ambientada en la II Guerra Mundial con este título. Y no lo escojo para mi artículo por azar. Porque la cruda realidad es que estamos en guerra. Distinta de un conflicto bélico convencional, pero guerra al fin y al cabo. Y ahí se acaban las similitudes, porque la novela de Lapierre y Collins empezaba con la liberación de París y de lo que estamos hablando ahora es del inicio de un cerco a la sociedad libre occidental.
El reciente atentado de París contra una publicación humorística no es sino un episodio más del conflicto que enfrenta a Occidente con el ala más radical del Islam. Porque, obviamente, nadie en su sano juicio puede pensar que todos los musulmanes son terroristas potenciales. Ni siquiera que estén de acuerdo o simpaticen con este tipo de acciones. Aunque también es cierto que se echa de menos, como hoy escuché a un tertuliano en la radio y estoy plenamente de acuerdo con él, que el colectivo musulmán se manifieste masivamente contra atentados crueles, execrables, inútiles y contrarios sin duda al Islam. Este mismo colectivo salió en masa a la calle para protestar por unas viñetas satíricas de un periódico local danés. Sus autores, tuvieron que esconderse por las amenazas. Cuando el golpe viene del otro lado, sin embargo, no se les ve.
No he leído el Corán, libro que a mí personalmente me merece tanto respeto -todo- y credibilidad -ninguna-, que La Biblia, pero siendo una de las bases más sólidas de una cultura que en su día alcanzó el máximo esplendor, dudo mucho que justifique esta barbarie. Como dudo también que justifique, salvo que se haga una interpretación intencionadamente errónea y torcida de sus textos, que se trate a la mujer poco mejor -o quizá peor- que a un animal de carga. No puedo, ni podré creer jamás, en una religión o doctrina que no respete la igualdad absoluta entre seres humanos, la libertad de expresión y el derecho a que cada cual decida cómo quiere vivir.
Los radicales yihadistas, de quienes el Estado Islámico es claro exponente mientras avanza paso a paso extendiendo su área de influencia y terror, están intentando acorralar a Occidente. Y lo malo es que lo están consiguiendo. Uno a uno, los principales países europeos están elevando el nivel de alerta terrorista, porque está claro que el atentado y posteriores tomas de rehenes en París, no son sino una continuación de los atentados de Nueva York, Madrid, Londres y un largo etcétera. No sólo están acorralando a la sociedad occidental, sino que la están atemorizando y como consecuencia, limitando su libertad, nuestra libertad.
Hoy escuchaba que, para variar, nuestros principales partidos no se ponían de acuerdo sobre medidas preventivas para intentar frenar esta, que nadie se equivoque, tremenda amenaza. Nadie más partidario que yo de preservar las libertades individuales, pero por si alguien no se ha enterado todavía, insisto en que estamos en guerra. Y si para frenar a unos auténticos fanáticos hijos de puta hay que subir la guardia para proteger las libertades y golpear donde más duela si fuese necesario a unos asesinos desalmados para quienes los occidentales somos perros sarnosos a los que quitar de en medio sin miramientos, pues habrá que hacerlo.
Europa tiene ante sí un reto de cuyas dimensiones quizá no somos aún plenamente conscientes. No muy lejos, aquí al lado como quien dice, hay decenas de miles de pirados perfectamente entrenados, armados hasta los dientes y organizados en un ejército que además emplea muy eficazmente la propaganda, que nos quieren borrar del mapa. Así de claro. Y mucho más cerca, entre nosotros, tienen a miles de individuos dispuestos a allanar el terreno llevándose de vez en cuando por delante a unos cuantos europeos, sembrando el terror y atenazando de miedo a una sociedad que quizá debiera empezar a adoptar una actitud más firme.
Personalmente no tengo ni más miedo ni menos que cualquier otro hijo de vecino. Sí es cierto que los que somos de la época del "Cuéntame" estábamos acostumbrados a los atentados y asesinatos de ETA un día sí y otro también. Pero sin restar un ápice de crueldad a los ataques indiscriminados de la banda terrorista vasca, a la que no dolieron prendas a la hora de atacar cobardemente a población civil totalmente indefensa, los yihadistas dan todavía más miedo. Porque además de ser unos asesinos, son unos locos fanáticos. Aunque en el caso de París, todo hay que decirlo, lo de inmolarse parece que ya no estaba de moda. Aunque al final, menos mal, as fuerzas de seguridad francesas lograron cargárselos.
Hoy es momento de hacer llegar todo nuestro cariño, apoyo y solidaridad a nuestros amigos franceses. Pero también es la hora de cerrar filas, de estar alerta, de colaborar con las medidas preventivas y sobre todo, de ser conscientes de que estamos inmersos en un conflicto atípico, pero no por ello menos letal, en el que no sé si podremos vencer, porque a diferencia de nosotros estos locos no tienen nada que perder. Lo que no podemos hacer es dejar que nos atemoricen porque, si lo hacemos, habrán ganado. Y no podemos permitir que ganen, porque nos lo jugamos todo. Nos jugamos nuestra libertad.
Como siempre, con mi copa de vino, salud.




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