No se puede abandonar a los valientes
Lo reconozco. Hoy he empezado a ver el programa de Bertín Osborne "En tu casa o en la mía", entrevistando a Arturo Fernández, un octogenario asturiano y guasón que nos ha hecho pasar muy buenos ratos. Unos minutos antes, cuando el programa recordaba una entrevista anterior al hijo de Adolfo Suárez, la cosa estaba mucho más seria. Unas imágenes del 23 de febrero de 1981 nos trasladaban a un momento imposible de olvidar para quienes vivimos los acontecimientos en vivo y en directo. Compaginaba entonces mi trabajo con mis estudios de periodismo y recuerdo mi llegada a la Facultad por la tarde y el enorme revuelo que me encontré. Todo el mundo iba de un lado para otro, se agolpaba en los coches, había nerviosismo, tensión.
Paré al primero que encontré y al preguntarle qué pasaba me miró de hito en hito, como si acabase de llegar de otro planeta y me espetó: "Han entrado a tiros en el Congreso". Le respondí con un incrédulo ¡venga ya! que se quedó en el aire porque el otro ya había salido pitando. A pesar de la confusión encontré a un par de colegas pegados a un coche, me sumé al grupo y vi que la cosa iba en serio. Alguien preguntó qué podíamos hacer y otra voz dijo "vamos al Congreso". Dicho y hecho. Al poco de llegar hubo un momento en el que varios guardias civiles salieron del Congreso y tanto ellos como las fuerzas que rodeaban el edificio, tiraron del cerrojo de sus armas. La gente empezó a correr. Había rumores de todo tipo y grupos de extrema derecha patrullaban los alrededores.
Son instantes que no se olvidan. Guardo en mi memoria la imagen de dignidad y valentía de Adolfo Suárez y de Gutiérrez Mellado. Ninguno de los dos intentó hurtar el cuerpo a los disparos. Y tampoco olvido la bronca de mi mujer hoy, novia entonces, junto a la del resto de la familia, cuando se enteraron de dónde venía. No había móviles, claro. En ese momento nadie sabía qué iba a pasar. La confusión era enorme, la memoria de ciertas cosas muy reciente y los carros de combate paseándose por Valencia no contribuían precisamente a tranquilizar al personal. El miedo se olía, el de cada uno y el de los demás. España estaba sufriendo un golpe de Estado y en el tablero se jugaba una incipiente democracia que pese a su juventud ya había logrado que los aires de libertad cruzaran el país de punta a punta.
Hoy vivimos otro intento de golpe de Estado. Sin tiros, eso sí, al menos de momento. No, no soy alarmista, pero las bravuconadas ponen a veces en marcha espirales que se sabe cómo empiezan pero no cómo terminan. Y la declaración de desobediencia hecha por los representantes de menos del 50 por ciento de los catalanes, no olvidemos ese dato, es un ataque directo a la línea de flotación de nuestra democracia. Un ataque de una gravedad inaudita y desconocida desde el 23 de febrero de 1981.
La respuesta del Gobierno ha sido la esperada. Legal, medida y necesaria. El Tribunal Constitucional suspendió esta tarde la declaración independentista. Y la respuesta de la Generalitat no se hizo esperar desafiando al Constitucional al declarar que mantiene el plan independentista. Bueno, pues nada, vamos a hacer todos lo mismo. Vamos a pasar de las leyes, que cada cual haga de su capa un sayo y al final sálvese el que pueda.
Hay que ser corto de miras y carecer totalmente de sentido de Estado, para continuar una huida hacia ninguna parte que de proseguir no traerá nada bueno. Si un Gobierno, como es la Generalitat, lanza el mensaje de que las leyes están para ser incumplidas, que alguien me diga a mí qué garantías les quedan a quienes no son de la cuerda independentista, para vivir en paz en un territorio en el que quieran o no serán como bichos raros, diferentes, casi proscritos. La barra libre en materia legal sólo beneficia a los corruptos, a los malvados, a los totalitarios, porque la gente normal queda indefensa.
Y ahí el Gobierno de España está en lo cierto al decir que no puede permitirlo. No se puede dejar en la estacada a más de la mitad de la población de una región como Cataluña, que hasta ayer como quien dice gozaba de una imagen moderna y europea envidiable. Sería una cobardía. Si los independentistas se salen con la suya perderemos todos, pero sobre todo Cataluña y dentro de ella, los que más perderán serán ese más del 50 por ciento de sus habitantes que mostraron claramente su desacuerdo con la ruptura con España en las urnas. No se les puede dejar solos y mucho menos indefensos. Porque son unos valientes.
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