viernes, 10 de octubre de 2014

Cosas de gatos


Ayer le contaba a un colega y amigo que a los de Madrid nos llaman gatos. Me preguntó el por qué y no supe decirle. Tras informarme, resulta que la cosa viene nada más y nada menos que del 1083, cuando Alfonso VI de Castilla puso sitio a Madrid para tomarlo antes de marchar contra Toledo y parece ser que lo logró gracias a que un muchacho, apodado "gato", escaló unas murallas hasta entonces inexpugnables, lanzando una cuerda por la que treparon los soldados cristianos para lanzar un ataque sorpresa sobe los musulmanes.

Cosas de la vida, hoy, durante la sobremesa de una comida con buenos amigos, una llamada de teléfono que me hizo salir del restaurante me puso enfrente de poco más de trescientos gramos de carne -poca-, huesos y pelo. Más solo que la una en un aparcamiento, como esperando el golpe de gracia, muerto de hambre, había un gato. Y uno, que es blandito para estas cosas, no pudo dejarlo allí.

La peripecia siguiente es fácil de imaginar, Visita a los amigos veterinarios de mis dos perras, limpieza, algunas curas, desparasitación y comida, sobre todo comida, porque el pobre gato estaba que no podía más. Vamos, que entró al plato con patas y todo. Pobre bicho. Qué fina es la línea entre la tragedia y la suerte más loca.

Porque el tio ha tenido suerte y mucha. Ahora mismo está dando algo de guerra. Normal, echa de menos a su madre, que dudo siga viva pues el animalito llevaba al menos dos días solo y hambriento. Pero ya tiene quien le acoja y hasta una madre gata adoptiva. Casi nada. Del infierno al cielo en menos de 24 horas,

Sé que no puedo quedármelo y que le tendré poco tiempo. Un día o dos a lo sumo. Pero sé también que le echaré de menos, pese al cariño casi empalagoso de mis dos perras, que constantemente reclaman mi atención. Porque algo tan desvalido es tremendamente entrañable y porque prodigarle los primeros cuidados, tranquilizarle, conseguir que del pánico pasase al ronroneo de satisfacción, me ha permitido olvidarme de muchas cosas, aislarme del mundo.

Será que entre gatos nos entendemos. Él lo será por partida doble: por gato y porque vivirá en Madrid donde espero disfrute tranquilamente sus siete vidas. Ya casi le echo de menos, si bien me queda el consuelo de que podré verle cuando quiera aunque, como pasa con todos los cachorros incluyendo los humanos, crecerá y ya no será lo mismo. Espero que me recuerde. Seguro que sí, porque la fidelidad animal no conoce limites. Para mí, estas horas con él, han sido el mejor regalo con el que podía empezar este fin de semana.

Con mi copa de vino, salud…, para el gato y también para todos nosotros.

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