martes, 7 de octubre de 2014

El demonio, el cubo y la brocha

Un inglés, un francés, un alemán y un español, charlan sobre sus respectivos infiernos. El inglés dice, "en el nuestro, un demonio saca una brocha de un cubo lleno de mierda y te pega un brochazo en plena cara". El francés replica "eso no es nada, en el nuestro te pega dos brochazos". "Pues en el nuestro son tres", se queja el alemán. Mientras, el español, imperturbable, como si no fuera con él la cosa. Al fin le preguntan ¿y en el vuestro, no hay brochazos? "Si, claro, cuatro" responde el español tan tranquilo ¿Y lo dices así, como si nada, siendo el peor de los infiernos? "Qué va, si es el mejor -dice el español-, porque un día no va el demonio, otro falta la brocha, otro no han llenado el cubo de mierda…".

Pues eso es lo que está pasando desde el principio con la gestión de la crisis del ébola. Personalmente creo que la decisión de repatriar a los jesuitas enfermos, como han hecho otros países con sus propios infectados, fue una decisión muy arriesgada. No hablamos de la gripe, sino de un bicho que se carga a más de la mitad de la gente a la que infecta. Y la posibilidad de que ese microscópico monstruo asesino quede libre en grandes ciudades no ha de llevar al pánico, pero es para tomarse el asunto muy, pero que muy en serio.

El virus se transmite con bastante facilidad, puesto que hablamos de fluidos corporales. Vamos, que si una persona infectada, con síntomas, transmisora por tanto de la enfermedad, toca un objeto con las manos sudadas que luego toca otra persona, o le da simplemente la mano, se puede liar parda. Y así sucesivamente y a multiplicar por los posibles contactos que pueda tener la persona infectada hasta que sea controlada. En el caso de EEUU, se habla de unas cien personas. En el de España, de medio centenar. Y a multiplicar nuevamente.

Era cuestión de tiempo que el virus llegase al mundo rico. No se le pueden poner puertas al campo y menos en un planeta en el que la capacidad de movimiento de buena parte de sus habitantes es casi ilimitada. De ahí que los responsables políticos igual debieran pensárselo dos veces antes de tomar según qué decisiones, atendiendo a criterios estrictamente científicos y no a impulsos electoralistas.

Cualquiera que haya tenido la responsabilidad de manejar miles, no digamos ya millones, de personas, sabe que lo más importante es su seguridad. Y en este caso, se ha jugado con la de todos los españoles. No ya por repatriar a los jesuitas (cuya labor y la de muchos como ellos admiro a pesar de mi agnosticismo y lejanía de la Iglesia, pues hay que tenerlos bien puestos para hacer lo que ellos hacen), aunque fuese una decisión como poco discutible, sino porque me da la impresión de que en algún momento no se ha controlado debidamente en el infierno la presencia del demonio, la disponibilidad del cubo, o la de la brocha.

Al final, como suele pasar por estos lares y suponiendo que a nadie le cueste un serio disgusto este brote epidémico, quien la va a pagar seguro va a ser el pobre perro de la enfermera infectada, al que han decidido sacrificar para que no sea una vía de transmisión del virus. Jamás había oído que los perros pudieran contagiar a los humanos, pero yo soy un ignorante del tema, claro está. Pobre chucho. Seguro que hasta su último aliento estará preocupado por sus amos, ingresados en el hospital. Igualito que los políticos, que estarán acojonados, sí, pero por las posibles consecuencias para ellos de esta crisis. Aunque aquí… ¿Dije consecuencias? Desde luego, soy un ignorante y además un incauto.

Pues lo siento, queridos "amigos" de la política que nos dirigís aunque no queramos, porque el demonio anda suelto, armado con algo más que una brocha y nadie está a salvo de llevarse su ración de mierda. Vosotros, tampoco.




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