Unidos hasta el final
Hoy estoy de bajón. Creo que una parte del pasado ha saltado en pedazos y dudo pueda recomponerse. Espero equivocarme, aunque mi sexto sentido pocas veces me falla. Y esa especie de tristeza que me oprime me lleva a contar una historia que conocí recientemente y que realmente llegó a emocionarme.Me contaron de un señor, cazador, que sentía auténtica pasión por su perro. Y ese sentimiento era, al parecer, plenamente correspondido. Hasta que llegó ese mal día que tarde o temprano siempre llega, en el que al cazador le diagnosticaron una enfermedad incurable de pronóstico fatal.
Hasta aquí nada muy distinto de lo que a diario les sucede a muchas personas que se enfrentan a la muerte vía dictamen médico. Nuestro cazador acabó falleciendo, pero lo realmente inaudito es que su perro también enfermó y además desarrolló exactamente la misma enfermedad que su amo y amigo.
Quien haya tenido un animal con una enfermedad terminal conoce perfectamente el proceso: el veterinario diagnostica y recomienda "poner a dormir" a la desdichada criatura, si bien es cierto que ellos tienen una oportunidad que los humanos no tenemos.
La decisión le correspondía a la viuda del cazador, que no dudó. Simplemente le dijo al veterinario: "Póngalo a dormir. Eso es que su amo le ha llamado y le está esperando para salir de caza".
Al escribir la historia, real, sigo emocionándome. Y no es porque hoy esté, como he dicho, de bajón, que lo estoy. Es que, al margen de la tragedia, la historia es realmente hermosa.
Con mi copa de vino y como todas las noches que puedo compartir estas reflexiones con quien lo desee, a vuestra salud.
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